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La política del miedo

La apocalipsis de San Juan, de Alberto Durero

La apocalipsis de San Juan, de Alberto Durero

Lo que más me escalda de las religiones, y sobre todo de la católica, es que a lo largo de la historia han utilizado el miedo y la amenaza para conseguir adeptos; el infierno convencía más que el cielo.  Esto funcionó en sociedades analfabetas con bajo nivel cultural, donde se anulaba al individuo como ser pensante y sólo existía como miembro de una masa aborregada (“El Señor es mi pastor; nada me falta…”). Con la llegada de la imprenta cambia el panorama, ya que cualquiera podía ejercitar la inteligencia y sacar sus propias conclusiones (Esto matará a aquello), extendiéndose el descrédito a tanta superstición.

Tras la imprenta surgieron otros medios de comunicación, cada cual más revolucionario. Pero los poderes descubrieron que Information is money, que decía el magnate Ted Turner, y pronto aprendieron a utilizarlos como generadores de opinión. Lo que en principio parecía una amenaza se convirtió en un eficaz instrumento de influencia sobre el nuevo rebaño.

Y cuando hablo de poderes me refiero a todos; económico, político, religioso, etc. En realidad se solapan de tal modo que se difuminan en uno solo. De hecho, el capitalismo se adoptó como dogma indiscutible hasta el día de hoy, a pesar de las innumerables sacudidas que ocasiona; es la nueva religión, la única y verdadera.

Todos estos poderes en connivencia y gloriosa armonía lanzan contínuos mensajes para conseguir la aprobación del pueblo (actor secundario de la democracia al que hacen creer protagonista) ante iniciativas espurias y reprobables. Y por supuesto, saben que la mejor manera de convencer es atemorizando. O sea, que hemos vuelto al principio.

Tras el 11-S, se han permitido todo tipo de atropellos a derechos fundamentales, esgrimiendo siempre la seguridad ante el temible terrorismo como disculpa. Pero en este caso, fueron los gobiernos los que utilizaron el terror en su beneficio. Y como les ha funcionado, siguen con la misma estrategia.

La última corre ha cargo del sector privado, pero a los efectos es lo mismo. La General Motors ha publicado un video-documental en el que augura una crisis económica de dimensiones colosales y apocalípticas si el gobierno estadounidense no sale al rescate del sector automovilístico. La consigna es: Si yo me hundo, os hundís todos. Lo más rastrero y vil es que incluso piden a la población que presionen con e-mails al gobierno para que tome las medidas oportunas al respecto. O sea, que pague la cuenta. Indignante.

Son las consecuencias del neoliberalismo; las manos privadas toman el poder absoluto y condicionan nuestras vidas. Privatizamos los beneficios y socializamos las pérdidas, como se suele decir ahora. Y si no, todos al tacho.

Sin duda, vivimos en el mejor mundo de los posibles. Y no lo digo yo ni mi homónimo Volteriano. Lo dice Bush en su epílogo.

Política horizontal vs. lucha de competencias

Parece ser que hay una nueva discrepancia entre las administraciones en su pugna por definir sus competencias. El Ministro de Industria, Miguel Sebastián (ese hombre que Zapatero designó como temible rival para Esperanza Aguirre en las últimas autonómicas madrileñas), declaró que el gobierno no opondrá restricciones al libre intercambio de información en internet. Algo que es muy de agradecer, dadas las absurdas propuestas que se barajan en la Unión Europea (más des-Unida que nunca…) para poner freno a la nueva circunstancia que, simplemente, se les escapa de las manos y les queda muy grande. Pero esto choca con la opinión de su compañero Cesar Antonio Molina, de la cartera de Cultura, que señalaba hace unos días la necesidad de leyes que garanticen la defensa de los derechos de propiedad intelectual, reafirmándose en su rol de custodio de la Cultura. Así, con Mayúscula.

No voy a seguir mareando el tema de los derechos, el intercambio de contenidos, la libertad en la red, el canon digital, la copia privada y el derecho a la intimidad. Ya se ha hablado mucho de esto, y por mi parte lo tengo bastante claro.

En realidad, la noticia me da pie para reflexionar sobre las estructuras organizativas en la administración, totalmente obsoletas e ineficaces, perdidas en debates inoperativos sobre poderes y competencias. En esta perversa democracia que nos ha tocado vivir, los partidos políticos funcionan con jerarquías propias del mundo mercantil y empresarial de antaño, trasladando éstas a los órganos públicos del Estado cuando acceden a ellos. Escuchando las declaraciones de la actual clase política, que un profesor mío denominaba “de sillón y moqueta”, uno parece presenciar la típica pugna entre los directivos de una empresa por demostrar quien manda más y  cuál tiene el mejor despacho, el coche más aparente y la plaza de garage junto a la puerta del curro. Y mientras ¿cómo va el negocio..?. Pues mal, francamente mal.

La política no acaba de aprender la lección de los nuevos modelos organizativos que ha propiciado la actual sociedad red. No digo que tengan que desaparecer los ministerios ni esta democracia  presidencialista encubierta (y no porque me gusten, sino porque simplemente no sé cuál es la alternativa..), pero sí creo que las nuevas redes participativas son un catalizador para la ansiada  horizontalidad de las administraciones que hoy funcionan con una sonrojante descoordinación. Todos hemos sido alguna vez sufridores de la clásica situación (que tantos chistes y sketches ha originado) ante funcionarios que nos hacen recorrer todas las ventanillas, rellenar a mano unos cuantos formularios (previo pago), y vuelva usted el próximo día. Incluso conozco algún caso de primera mano, que por supuesto no voy a detallar, en el que dos administraciones (una autonómica y otra municipal) encargan por separado un estudio o informe a un mismo profesional, y éste le cobra el trabajo íntegro a cada uno (o sea, cobra el doble…), y después se lo hace saber a ambas partes, para ver si les caía la cara de vergüenza . ¡Hombre, antes de pedir nada, hagan una llamadita por teléfono, no vaya a ser que lo que quieren ustedes  ya lo tengan en otro lado y esté a disposición pública…!.

En el caso Sebastián vs. Molina, el desacuerdo se produce porque se trata de una nueva situación que desconocen completamente, y ni ellos mismos se aclaran sobre lo que piensan y deben decir. No saben a qué atenerse. Realizan declaraciones contradictorias, según el sector empresarial que suponen que tienen que defender cada uno, olvidándose que en teoría velan por los intereses de toda una sociedad. Aunque todos sabemos que, por desgracia, esto no funciona así. Como acertadamente acuñó el conocido político, Spain is different. Pues por lo menos en eso le doy la razón.


   

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