Cuestión de confianza

La crisis más preocupante que sufrimos no es la económica, sino la de confianza. Aunque sea una frase hecha, muy trillada por todo partido político, no deja de ser cierta. No me refiero a la confianza de los mercados, sino a la del pueblo hacia sus gobernantes y viceversa. Es la dolencia crónica de nuestro país. Sociedad y estado se miran con recelo desde siempre, pero ahora la cosa se ha agravado en el peor momento. Y creo que hay que empezar a solucionarlo desde arriba.

Es contradictorio exigir cintura estrecha a la clase media de un país cuando altos cargos políticos y financieros no predican con el ejemplo. La sociedad pierde toda confianza en los altos estamentos cuando comprueba, por ejemplo, que los que hasta ahora capitaneaban algún barco financiero en medio del temporal económico han estado afanados en agenciarse un buen “yate salvavidas” en lugar de agarrar el timón con responsabilidad y llevarnos a buen puerto. La consigna de “mujeres y niños primero” se ha cambiado por el españolísimo “sálvese quien pueda y maricón el último”, y el mensaje cala peligrosamente en todos los segmentos sociales de la tripulación.

El símil náutico, también muy manido, es el predilecto de empresarios en dificultades. Personalmente conozco a unas cuantas personas cuyos jefes, ante un inminente ERE o recorte de sueldo, han soltado la misma frase; “Todos tenemos que arrimar el hombro y remar en la misma dirección”. Ya. Ahora. Cuando había viento en popa no era así. Piden lealtad en las dificultades, cuando en realidad no daban ni un sólo incentivo en momentos de bonanza. Como siempre: socializar pérdidas y privatizar beneficios, con el chantaje inmoral de que si ellos se hunden, nos arrastrarán a todos. Lamentable.

Existe una desconexión absoluta entre los que pontifican desde las palestras y los ciudadanos de a pie. Cuando algunos políticos, empresarios o banqueros aseguran que vivimos por encima de nuestras posibilidades,  sorprendentemente no se refieren a ellos mismos, sino a una clase media que no pide más que una sanidad, educación o vivienda dignas. No me parece que estemos hablando de ningún lujo, vaya. Más bien me parece la más elemental y a la vez más grandiosa conquista de la democracia. Lo que realmente no nos podemos permitir es prescindir de estos pilares básicos, garantes principales de una sociedad equitativa y justa, al menos en derechos fundamentales.

Es lógico que las rentas bajas se rebelen ante cualquier subida de impuestos  (algo básico si queremos salir de la crisis) cuando ven que siguen existiendo las vergonzosas SICAV (con las que las grandes fortunas tributan al ¡ 1 %…!) o que cada día nos tenemos que desayunar con indemnizaciones estratosféricas a altos directivos que han llevado las cajas a la ruina. No digamos cuando se constata lo rentable que sale defraudar a hacienda en este país, sobre todo a las grandes fortunas. El sonrojante caso de la familia Botín con los fondos desviados a Suiza es un buen ejemplo de estos escandalazos.

Si los suecos, por ejemplo, están dispuestos a pagar en torno al 50% de sus sueldos, es porque hay una confianza ciega en la gestión del estado y en los servicios públicos. Pues hay que empezar a transmitir esa confianza si queremos que el grumete arrime el hombro. De lo contrario esto se irá a pique, con lo que vayan cogiendo los chalecos. Eso si consiguen uno. ¡Salvese quien pueda…!!!

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